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David Pérez Merinero acompaña a Manuel Martín Morgado en la presentación de Oficios tristes

Bien mirado, es posible que todos y cada uno de los personajes que Manuel Martín Morgado (Écija, 1964) ha pintado y dibujado a lo largo de su ya larga carrera pictórica ejerzan, a su manera, un oficio triste. Una tristeza honda e inextricable parece aquejar a esos rostros atezados que el pintor a veces sorprende en la barra de una taberna, a sus cantaores y toreros, a sus apresurados paseantes e incluso a sus voluptuosas lectoras y bañistas, en las que uno aprecia también esa melancolía aparejada a la juventud y a la belleza que poseen y al deseo que despiertan. No hay profesión ni condición, parece decirnos el pintor, que no suponga el ejercicio de un oficio triste.
José Manuel Benítez Ariza
Comienza esta serie de Oficios Tristes un miércoles 11 de marzo de 2020 cuando dibujando al azar, mientras mis alumnos también dibujaban, me salió un personaje de gesto triste y apesadumbrado, armado con un martillo y con clavos en la comisura de la boca. Tras de él, dos cuadros mal colgados daban fe de su poca habilidad en el oficio de colgar estampas. Fue algo puramente casual pero que me dio la idea de crear una serie de Oficios Tristes que al día siguiente continuó con el «peluquero de iguanas». Después vinieron el «representantes de ataúdes», el «taxidermista de extraterrestres» y el «tabernero del diablo».
Manuel Martín Morgado