- Este evento ha pasado.
Gonzalo Jiménez Varas presenta Chernóbil. Zona de exclusión, en el 40º aniversario de la catástrofe

Hay eventos que se estudian durante décadas con rigor, cifras y gráficos, pero que nunca llegamos a comprender del todo. Chernóbil es una de ellas. La explosión del reactor nuclear no fue solo un suceso que ocurrió el 26 de abril de 1986; sus consecuencias (físicas y mentales) han seguido presentes hasta el día de hoy. Gonzalo Jiménez Varas, físico especializado en accidentes severos, publica ahora un poemario donde intenta poner palabras al horror, al igual que ya hicieran antes Svetlana Alexiévich y Natalia Litvinova.
El camino de Jiménez Varas hacia la poesía no fue inmediato ni premeditado: llegó después de mucho tiempo, cuando el lenguaje técnico dejó de ser suficiente. La chispa inicial se encendió en 2009, durante una visita técnica a la central nuclear de Chernóbil, organizada por Jóvenes Nucleares y la Sociedad Nuclear Española. El contacto directo con el lugar y, sobre todo, con los testimonios de trabajadores y habitantes de la zona marcó un antes y un después. Aquella experiencia lo empujó a seguir investigando el accidente y sus consecuencias, aunque en un primer momento desde una escritura estrictamente ensayística.
El giro llegó años más tarde, con la lectura de Voces de Chernóbil de Svetlana Alexiévich. Ese libro le reveló algo esencial: que la literatura —y en especial la poesía— puede generar una empatía imposible de alcanzar desde lo puramente técnico. A partir de ahí comenzó a explorar otras formas de escritura. El primer poema sobre Chernóbil nació en 2022, en el contexto de un recital ecopoético organizado dentro de unas jornadas doctorales del proyecto Letral de la Universidad de Granada. Un empujón decisivo que hoy reconoce como fundamental.
Gracias a ello descubrió que la poesía se mueve mejor que ningún otro género en el terreno de lo inefable. El accidente y todo lo que vino después está lleno de experiencias y dimensiones que no encajan del todo en los datos ni en los relatos documentales. Lo poético permite asomarse a esa complejidad y comprender, desde otro lugar, qué ocurrió realmente.
En el caso del autor, ciencia y literatura no funcionan como compartimentos estancos. Su formación como investigador le ha facilitado el acceso a información especializada, una materia prima imprescindible para que lo científico y lo poético convivan sin estorbarse. Aun así, la forma, el lenguaje y la mirada del poemario beben más de su trayectoria literaria y de su recorrido como lector que de su currículum académico.
El subtítulo del libro, «zona de exclusión», no es solo una referencia geográfica. También apunta al silencio, a los márgenes y al olvido. En ese espacio, el autor ha querido hacer visibles voces que rara vez ocupan el centro del relato: las víctimas humanas del accidente y también la fauna y la flora que habitan la zona. Obras recientes como las de Alexiévich, Valzhyna Mort o Natalia Litvinova han ayudado a entender, fuera de Ucrania y Bielorrusia, la verdadera dimensión del sufrimiento humano oculto tras las cifras. Al mismo tiempo, estudios científicos actuales —como los del profesor Germán Orizaola— ofrecen nuevas claves sobre la evolución del ecosistema sin presencia humana. El poemario recoge todas esas voces, humanas y no humanas, dejando en segundo plano los detalles técnicos que ya se recogen en series como Chernobyl (2019) o en documentales como Voces de Chernóbil (2016).
Chernóbil: zona de exclusión es, además, la primera obra poética publicada de Gonzalo Jiménez Varas que, lejos de entenderla como un punto de llegada, concibe como un puente entre los dos mundos que habita y como un punto de partida. Un poemario que abre caminos todavía no transitados y que invita a pensar que, a veces, para entender de verdad una catástrofe, hace falta cambiar de lenguaje.